Generalmente las tartas tipo layer cakes se suelen reservar para fechas señalas o celebraciones destacadas. Pues ésta no se ajusta a esa máxima. O sí; siempre hay algo que celebrar, ¿verdad?
Si hace unos años me hubieran dicho que iba a poder disfrutar de un gofre cuando lo quisiera y como lo quisiera, sin tener que esperar a una ocasión especial o a descubrir alguna fórmula ancestral, guardada bajo siete llaves en el corazón de la montaña más recóndita y custodiada bajo la mortífera mirada de la criatura más aterradora que se haya conocido jamás...
Puesto que he llegado a la conclusión de que he perdido la cuenta de las veces que he tenido que escribir la receta de la salsa de caramelo —tanto la versión clásica como la por muchos adorada salsa de caramelo salado...
Estoy segura de que a estas alturas del año no soy la única que necesita hacer un esfuerzo para convencerse de que el verano realmente ha sucedido. ¿A dónde se ha ido? ¿Acaso existe un universo paralelo o una dimensión desconocida donde va a parar todo ese tiempo que nunca quisimos que acabara?
Si algo tiene la entrada que os traigo en esta ocasión, además de una combinación de ingredientes verdaderamente excepcional, es un largo recorrido.
Y llegaron las vacaciones para mi querido horno; al blog le queda aún alguna que otra alegría. Estoy segura de que algún espíritu afín a ese otro lado ya ha reparado en que me encanta preparar cócteles en cuanto los termómetros empiezan a subir.
Hace poco más de un año os presentaba una delicia de Bakewell Bundt Cake, inspirado en esta Bakewell Tart que os traigo hoy.


